lunes, 30 de junio de 2014

Yenom

Iba a escribir otro haiku pero lo he borrado. Porque rellenar unas líneas cada día no era más que una excusa para no echarle huevos y mirar a los ojos al verdadero reto de escribir. No quiero pajas literarias, pequeños orgasmos diarios sin pena ni gloria. Quiero follarme a las musas, hacer el amor con Atenea, correrme con mis personajes, que me rompan el corazón y mendigar su aprecio. Quiero beberme la sangre de mi prosa, alimentarme de mi retoño como Cronos muerto de miedo. Muerto de vida en mi caso.

Probablemente siga escribiendo este blog a diario o casi a diario. Yenom no es excluyente. Quizá suba pequeños fragmentos que descarte, o que me hayan gustado. Es posible que dé noticias sobre el desarrollo de la novela; impresiones sobre el acto de escribirla. O nada.

Pero Yenom ha resucitado esta mañana en el autobús. La semilla fue plantada el sábado en realidad. Ahora o nunca.

domingo, 29 de junio de 2014

En aquel lugar

El día a día
convirtióse en ayer
entre tus manos.

Viaje al fin de la noche

En un instante
el final de la noche
se vuelve cierto.

viernes, 27 de junio de 2014

Excusas

Estoy muy cansado. Agotado de tanta mediocridad, no de trabajo. Me quieren despojar de mi propia estima pero soy yo quien se la quita de encima al agachar la cabeza y asentir mi condena. Tenemos un miedo inmanente a la libertad, a decidir, a ser dueños de nuestros fracasos. Es parte de nuestro miedo al olvido más que a la muerte física, a desaparecer sin dejar rastro como las burbujas de una jarra de cerveza elaborada con aguas del Leteo. Escribo todos los días una excusa para no levantar el puño a los dioses que no existen y mostrarles que no tengo miedo a la vida.

Pero miro los manuscritos de mi pasado y sólo veo sueños soñados y no vividos.

Despierto. Sale el sol. Recuerdo mis sueños. Vivo.

Escribo. Sin excusas.

jueves, 26 de junio de 2014

Demasiado humano

No existían demasiados motivos para ser optimista: era ya sábado por la tarde, se le acababa el plazo, y no tenía ni puta idea de cómo seguir. Como siempre, había empezado la semana haciendo el perro, maquetando, adornando, cambiando detalles por aquí y por allá. Pero nada de contenido decente; eso ya lo haría "mañana". Así toda la semana, perdiendo el tiempo. Ya el viernes terminó un poco más tarde, se esmeró mucho más, trazando con más claridad las directrices de su creación perfecta. seguramente terminaría el sábado a última hora y el domingo podría dedicarse a otras cosas. Vamos, como Dios.

El sábado se levantó tarde. Muy tarde. Se puso histérico tratando de avanzar a toda prisa, sin tomar las precauciones que debía. Así llegó la noche del sábado y supo que no le iba a dar tiempo a terminar. A terminar bien. Aún así necesitaba hacerlo lo mejor posible y a lo mejor era suficiente.

Pero no. Llegó la media noche y aún estaba pringado de barro, construyendo al hombre. Se apagaron las luces del taller, no se acordaba de que los shabat cerraban a cal y canto. En fin, había fracasado con el Génesis; se había quedado a medias, haciendo al hombre. Su obra maestra nunca llegaría al mundo.

miércoles, 25 de junio de 2014

Anónima

Alguna tuvo que ser la última gota de lluvia que cayó sobre Macondo.

Zanahorias

Zanahorias. ¿A quién se le había ocurrido hervirlas? Una zanahoria hervida era la cerveza caliente de las verduras.

A ella le gustaba sacarlas de la tierra, sacudirlas y darles un poco con agua y morderlas en crudo. Dulce crujir en los paseos por el valle, matando hambre y sed.

lunes, 23 de junio de 2014

Secuestro

Verde. Ámbar. Rojo. Su único nexo con el mundo de ahí fuera. Una grieta entre los tablones; un cruce de calles. El tiempo que no pasaba.

domingo, 22 de junio de 2014

Instante

El tiempo parecía haberse detenido en ese preciso instante.

La bala rompió el espejismo.

sábado, 21 de junio de 2014

Eterno anochecer

No era un atardecer como los demás. Era un atardecer fuera del tiempo, ajeno al devenir del día a día. Las luces de las casas que salpicaban el valle titilaban entre los árboles y un cielo de sangre sobre azul celeste se deshacía en la negrura de un cielo estrellado.

Sólo aves e insectos rompían la estaticidad del momento.

Quería volar como la lechuza que por la mañana dormitaba en un granero del camino. Batir mis alas sin romper el silencio y mirar el mundo desde mi mundo.

O ser ese esquivo lince, secreto a voces entre pinos y berrocal. Acechar desde las sombras como la muerte de un relato de Poe, ajeno a que mi propia muerte pondría fin a mi especie.

No, no lo sería. Y aún así quería romper el péndulo de mi vida y alojarme en este eterno atardecer. Pero el rojo se iba del cielo y casi ni veía mis manos.

Me moría. Mi sangre brotaba de las heridas de mi cuerpo retorcido, roto tras la caída. Subí a la cima. Viví. Comprendí.

Y la montaña me amó para sí, cuerpo a cuerpo en este eterno anochecer.

viernes, 20 de junio de 2014

Si lloraré el día de tu muerte...

Muchas veces me has preguntado si lloraré el día de tu muerte. Ninguna te he contestado.

Podría haberte mentido y decirte  pero habrías sabido que no te era sincera. Y una mentira hecha carne mata más que una verdad tácita. No, no te lloraré el día de tu muerte pero no por no haberte querido, pues nadie te ha amado tanto. Todos estos años te he acompañado, en lo bueno y en lo malo; en lo indiferente. Nadie te ha escuchado como yo; nadie te ha arrojado las verdades a la cara como yo lo he hecho. Unas veces me has escuchado, otras te has pasado mi consejo por tus cojones sudorosos. Pero nunca, nunca, nunca te he abandonado. Por muy jodida que me hayas dejado.

Ahora tienes miedo. Miedo de ti, de tu amarga soledad tan trabajosamente conquistada. Has sido un auténtico cabrón, zorreando personas y sueños, ignorando mis súplicas. Y en tus momentos más bajos, cuando no tenías nadie más, ahí estaba yo. No, no te lloraré. Me iré y nunca nadie más sabrá de mí. Pero ahora levántate; deja de llorar como un niño malcriado, asume tu culpa y levántate. No eres mierda, ¿sabes? Te conozco y eres bueno. Pero créetelo y actúa como tal. Levántate y apóyate en mi hombro.

Otras veces sacas lo mejor de ti en situaciones inesperadas y me quedo sin palabras y te abrazo y te digo la persona tan impresionante que eres. Y me miras y sonríes y te miro y te amo. Y aún así, no te lloraré. Porque me iré. Me iré contigo de este mundo y nadie se acordará de mí cuando se acuerde de ti. Porque soy la voz que siempre ha estado contigo, hasta el final. Porque soy tu conciencia.

jueves, 19 de junio de 2014

Estrella fugaz

Llegó el momento en que el sol acabó por desaparecer tras las dunas. La luz del ocaso hizo el mundo rojo y mis pasos sin rumbo seguían clavándose en una arena que me chupaba los pies. La noche venía inexorable, demasiado pronto, devorando la luz que la juventud arrojaba sobre todo un mundo que caminar. Pero cada día, cada año que caminaba, la luz se tornaba aún más mortecina y el mundo se emborronaba como tinta en un vaso de agua.

El último resplandor del sol hacía años que se había extinguido; mi cuerpo aún era joven; la noche, cerrada. Caminaba porque no podía no caminar. Mi vida no sería nacer, crecer, soñar y esperar resignado a la muerte sentado en algún lugar de las arenas del tiempo.

Caminé noches sin luna en las que sólo las estrellas acompañaban al negro paisaje que se recortaba contra ellas. En él, un mundo del que sólo veía la sombra. Hacía frío. ¿Por qué caminaba? Mi último destino sería la muerte, nada lo cambiaría.

El destello de una estrella fugaz rasgó el velo de estrellas y dejó pasar un mediodía. Allí estaban mis pies, mis manos. La arena, las verdes colinas y las montañas cubiertas de nieve. El mundo en todo su esplendor. Comprendí, caí de rodillas, lloré.

Durante los muchos años que aún viví nunca volví a ver una estrella fugaz. En su brevedad la amé: me enseñó a dejar de buscar con los ojos aquello que ya conocía con el corazón.

martes, 17 de junio de 2014

Mientras tú existas

Mientras tú existas
el viento no quemará mi piel desnuda
porque habrá ardido contigo.

Mientras tú existas
el sol no cegará mis pasos
porque yaceré en tu pecho.

Mientras tú existas
mi alma no tendrá hambre
porque te comerá a versos.

Mientras tú existas.

Cuando ya no existas
mi cuerpo despellejado
morirá de frío.

Cuando ya no existas
la noche eterna
ocultará tus huesos.

Cuando ya no existas
el vacío que me llene
devorará tus recuerdos.

Nada habrá sido.

lunes, 16 de junio de 2014

El Escritor

Arrastró los pies por el polvo de la habitación hasta caer rendido en la mecedora, junto a la ventana. La luz del ocaso teñía de rojo la vieja madera de la mesa, los libros cuarteados, la pluma y el tintero, la botella de licor y estalló en mil chispas sobre la copa de cristal. De joven podía avistar el mar allí donde el valle moría; ya casi no veía de lejos y las lluvias de demasiados otoños habían dejado translúcidos los cristales. Su mano temblorosa agarró el libro más cercano y lo abrió por donde el marcador de corteza de sauce dormía. Las letras no eran más que borrones sobre un fondo amarillento; conocía cada palabra, cada letra, cada punto de ese libro que había escrito hacía una vida, toda la vida. Tomó la pluma de ganso, la mojó en tinta y comenzó a escribir.

La suya había sido una vida plena. Creador de miles de aventuras que sólo los más intrépidos osaban soñar. Asesino de dioses, amante de espíritus sencillos. Arquitecto, guerrero, artesano o filósofo... Llegaba a su fin y no sentía pena por él sino por las historias que se quedarían sin narrar para perderse en una noche sin estrellas.

Llegaba la hora, la noche se comía sus ojos. Los cerró, se reclinó y comenzó a mecerse sin soltar el libro hasta que éste cayó al suelo. La mecedora bailó un par de veces más hasta detenerse para siempre. Silencio y oscuridad. Nada.

 

Sara abrió los ojos y se estiró con un sonoro bostezo. Había dormido como nunca en años. Y aunque sólo evocaba leves pinceladas de sus sueños, sabía que habían sido maravillosos. No recordaba nada de El Escritor.

domingo, 15 de junio de 2014

Océanos

Dicen los sabios que los ángeles lloraron durante eones porque la tierra estaba seca y yerma y los hombres no podían comer y beber de ella y sucumbían de hambre y sed. La Madre los creaba y ellos morían y volvían al polvo seco que el viento arrastraba a las estrellas. Los ángeles lloraron hasta llenar los océanos.

Y con ellos llegó La Vida, las plantas, los peces, las aves y los animales. Y los hombres vivieron gracias al dios que envió a los ángeles.

Pero yo sé que no fue así. Que la tierra estaba seca y yerma y nada crecía en ella. Que los hombres nacían de los hombres y durante eones araron la tierra, la plantaron, la limpiaron y la amaron. Y fue el sudor de los hombres el que, gota a gota, llenó los océanos y trajo La Vida, las plantas, las aves y los animales. Y el hombre vivió gracias al hombre.

Pero se olvidó de La Tierra.

Y son las lágrimas de los hombres las que, insuficientes, se escurren agonizantes hacia la fétida ciénaga que una vez fue océano.

Gotas de vida

Una gota de agua.
Sólo una gota de agua.
Y otra.
Y otra.
Y otra.
Que caían en el polvo del desierto de Atacama.

Lucio había conducido toda la noche hasta que tras las primeras luces del alba el cielo parió al sol sobre la carretera. Y todo se volvió rojo sangre, rojo tierra, rojo polvo y rojo muerte. El camión cisterna yacía a un lado de la carretera. En uno de sus lados, una grieta. Goteaba.

La tierra se bebía el agua, la vida. Gota a gota, las semillas sedientas se saciaban y su interior se hinchaba como un vientre fecundado por borbotones de lluvia blanca.

Se llevaron el camión y la tierra parió al día siguiente. Brotes verdes, azules, rosas y amarillos que se recortaban sobre el rojo. Un oasis de vida donde hubo muerte.

viernes, 13 de junio de 2014

Devoradores de libros

La luz que entraba por los ventanales de la biblioteca mostraba montones de libros arrojados entre las estanterías de viejas maderas nobles. Una figura acuclillada hojeaba encorvada un volumen. Un rato después lo tiró al montón más cercano y cogió otro libro.

Durante lo que consideró más o menos una hora estuvo observando a la extraña figura. Doce o trece libros siguieron la suerte del primero. Un espécimen de Devorador de libros. El primero que observaba vivo. Inició el acercamiento: pasos lentos, las manos con las palmas hacia arriba, la mirada huidiza pero insistente... Logró establecer un nexo mental fuerte e inció la comunicación.

Antes de sacrificarla de un disparo (destrozaban todo tipo de bibliotecas y, en las más luminosas, se reproducían) le arrancó una inquietante explicación:

Sólo buscaban la sabiduría que se escondía en los libros.

jueves, 12 de junio de 2014

Blanco y azul

Aquel viejo botón blanco y azul era el único objeto que tenía de aquel padre que nunca consiguió recordar. Casi siempre lo llevaba en un bolsillo del pantalón o en la mano o en la mano dentro del bolsillo.

La víspera de nochebuena atravesó el parque a eso de las once y media de la noche. Nunca lo hacía pero el último autobús no esperaría. Aunque iluminado, el parque era un lugar no ya tétrico, sino peligroso. Llegó al lago y comenzó a bordearlo en sentido contrario a las agujas del reloj. De la sombra azabache del quiosco salieron tres figuras que le rodearon.

Brilló la luna en el acero y la sangre negra se la bebió la arena.

Dos sombras se alejaron como nubes en una noche cerrada, repartidos los despojos. El tercero, miraba en su palma abierta el viejo botón blanco y azul, idéntico al que le faltaba a la chaqueta que llevaba.

miércoles, 11 de junio de 2014

A golpes de pluma

No existían ya muchos escritores que pudieran comprender lo que pretendía. Y ciertamente ninguno lo aprobaría. Armado solamente con su pluma, acababa con todos ellos; aniquilados por su pericia, dejaban de escribir para siempre y se hundían en el olvido.

Había empezado un par de años atrás nada más, con una vieja máquina de escribir comprada en un mercadillo. No era una Underwood ni una Remington ni una Corona. Ni siquiera una destartalada Olimpia. Tenía aspecto de imitación del nunca comercializado modelo de Olivetti "Fea de cojones", construida en algún país del este, y la chapa con la marca se había perdido en medio de algún lejano año para alivio del vendedor. Romanticismo en estado puro. Con ella perpetró sus primeras obras, feas de cojones, como la máquina. Y, aunque bohemia, no le resultaba útil. Sería el mejor escritor de su país. Y con la máquina no podía.

Tras meses de probar y descartar útiles de escritura quedó prendado de la pluma de uno de sus escritores favoritos, recientemente fallecido. La perfección hecha filigrana de metal, carey y tinta. La extensión perfecta de su ego, de su obra, de su don. Podía llevarla consigo a cualquier lugar, utilizarla en el tren, en barco, en avión, en un bar o en la calle. Incluso en una ocasión, en la cola para entrar en la ópera. Nabucco.

Poco a poco se fue haciendo un hueco en el mundo literario. Nadie conocía su rostro, sólo su implacable obra que purificaba la blasfemia mercantilística de la literatura contemporánea. Inexorable, revelaba los pecados de cada escritor, su inmundicia. Y, a continuación, lo destrozaba con certeros golpes de su afilada pluma.

Pero no lo consiguió. El infumable Sancho Dragón firmaba ejemplares de su última ventosidad cerebral. Los negros ojillos hundidos en su rostro apergaminado saltaban nerviosos de un libro al siguiente libro mientras farfullaba lo que podría perfectamente ser un insulto -obviamente merecido- a cualquier imbécil que hubiera comprado su libro. Cuando le llegó el turno, sacó la pluma y se abalanzó sobre la yugular de Sancho Dragón, clavándola una y otra vez en cuero seco hasta que partió el plumín y con él su arma justiciera. Fue reducido por los policías de paisano que se hacían pasar por clientes del centro comercial.

 

Por los más de cincuenta asesinatos de escritores fue condenado a cinco años y un día a pesar de los atenuantes artísticos por defensa propia. La jueza le expresó públicamente su simpatía a título personal pero no pudo lograr la libre absolución por culpa del abogado de oficio que le había correspondido, lector asiduo de Juana Rosa Quintero, Morris Aguirre o Pinar Urano entre otros.

martes, 10 de junio de 2014

Mentira piadosa

Aquella mentira le acompañaba cada noche como un gato en una habitación oscura. Mentira piadosa se llamaba, una adorable gatita de ojos aún lechosos cuando la hizo suya, destetada pero aún inocente y juguetona.

Al principio dormía a todas horas en un cestito de esparto con una manta de cuadros. Dormía y comía y cagaba y entre comida y caca, dormía. Eran días felices ya que Mentira piadosa le hacía feliz con su presencia, con su calor, con su dulce dormir. Se echaría en el sofá y la colocaría en su regazo, acariciando a Mentira piadosa hasta quedarse ambas dormidas de pura felicidad.

Un día, al entrar en casa, vio el cesto vacío. La ventana abierta. El corazón quería trepar por su tráquea y salir corriendo por la boca, tropezando en su campanilla y provocándole arcadas. Entonces vio a Mentira piadosa en el alféizar de la ventana, mirando con curiosidad un mundo que quería conocer. Se acercó a ella, la recogió con cuidado y miró a su alrededor. Nadie había reparado en ella. De ese momento en adelante, tendría más cuidado: Mentira piadosa quería salir fuera a conocer. A conocer lo que fuera. Pero fuera.

Cada día se iba de casa con miedo a que Mentira piadosa se escapase y alguien la encontrara y se le vendría el mundo encima. Ya era una gata adulta. Y con la madurez llegaron los escarceos nocturnos. Se despertaría en mitad de la noche para ver la silueta de Mentira piadosa recortada contra la ventana, observándola. O iría medio sonámbula al baño para tropezar con ella en el pasillo y se le cruzara con un bufido. Pero lo peor era cuando llegaban visitas y tenía que esconderla en su habitación. Tenía miedo de dejar pasar a alguien hasta lo más profundo de su casa y que se encontrara de bruces con Mentira piadosa. Cada vez invitaba a menos gente a su hogar y no les dejaba llegar muy adentro.

Mentira le tenía de los nervios. Le había cambiado su nombre cursi por uno más adecuado. Mentira empezaba a afectar a su salud física y mental. Cada vez dormía peor, tenía miedo de lo que Mentira pudiera hacerle y, peor aún, de que se escapase definitivamente. Le saltaba sobre la cabeza en mitad de la noche, tenía la casa casi clausurada y sus amigos, su familia, su pareja, sabían que algo andaba mal y la estaba destrozando.

Comenzó a tomar ansiolíticos y Mentira se tranquilizó. Seguía siendo un gato del demonio pero andaba más tranquila por la casa y le dejaba dormir mejor. Tanto que un día de verano, sofocante, se dejó la ventana abierta.

Mentira había salido. Para siempre.

A la mañana sonó el timbre. Su novio traía a Mentira en brazos. El rostro desencajado tratando de mantener la compostura.

El gato saltó y se fue corriendo a la cesta donde aún se leía rotulado Mentira piadosaMentira se cagó en el cesto y ella habría jurado que la miró riéndose antes de saltar de nuevo los brazos de su ex.